sábado, 8 de junio de 2013
EL juego
El juego nace con el hombre. Desde la cuna jugamos, sólo baste recordar los monólogos lálicos que presentan los bebés como parte de los juegos de lenguaje.
Para algunos (en un sentido pascaliano del término), el juego es sinónimo de entretenimiento, distracción y diversión. Otros, consideran a la actividad del juego, como aquella que responde a una necesidad fisiológica, socialmente reconocida e institucionalizada, como un sano ejercicio y un tiempo de recuperación de la fuerza para el trabajo.
En la antigüedad y desde un punto de vista biológico, también predomina la idea de que el juego es una actividad de descanso. Esta visión ahora se ha descartado, puesto que se ha comprobado que el juego no es descanso; exige, muchas veces, un consumo excesivo de energías producto de la actividad muscular, motora y psíquica que puede provocar cansancio y hasta agotamiento.
En la época moderna, los puntos de vista biológico y psicológico sustentan que los juegos se constituyen en acciones que preparan al hombre para la vida como preejercicios. En este mismo sentido, los psicólogos, además, les adjudican una función atávica, exponiendo que se trata de rudimentos de actividades que han persistido a través de las huellas de las razas. Estas percepciones pudieran refutarse, puesto que no todos los juegos se realizan con estos propósitos.
Dentro de las teorías psicoanalíticas contemporáneas, Freud ve en el juego condiciones eróticas disfrazadas, y Adler dice que en él se valora el sentimiento de inferioridad. En general, consideran el juego como la expresión del Yo. También sostienen que obedece a una necesidad instintiva de primer orden, que el niño tiene necesidad de expresarse, de proyectarse dentro del ambiente y fuera de él; que al satisfacer este impulso obtiene satisfacción personal, seguridad, nivel adecuado en su mundo y conciencia de su propio valer. Asimismo, señalan que los juegos satisfacen la necesidad de alcanzar prestigio, ya que hacen valer su personalidad entre los individuos y las cosas.
En realidad, no haría falta ninguna teoría para explicar el juego de los niños, ya que parece que apela a todos los recursos y oportunidades que ofrece para ello el ambiente; sin embargo, hay que reconocer la utilidad de los conceptos expresados por las diversas orientaciones teóricas.
El niño dedica gran parte de su vigilia (estar despierto) a jugar. Desde el punto de vista físico, descarga energías excedentes, perfecciona sus funciones neuromusculares y contribuye a su desarrollo muscular y al ejercicio del cuerpo.
Los juegos tienen un valor educativo, ya que el niño por mediación de ellos adquiere algunos conceptos (color, forma, tamaño, textura, forma entre otros). Desde el punto de vista psicológico, contribuyen a la salud mental del individuo, cumplen un fin terapéutico al proporcionar canales para la descarga emocional; en lo social, dan oportunidad a la satisfacción del deseo de establecer relaciones con el otro, facilitando cierto adiestramiento moral, ya que el niño aprende a estimar lo que el grupo considera correcto e incorrecto.(1)
Existen rasgos esenciales que son comunes a todos los niños. Las travesuras propias de los niños de 4 a 7 años, la predisposición a expresar o representar en diversas formas plásticas al hombre y su actividad entre los 7 y 9 años, la tendencia belicosa, instintiva o congénita de luchar o pelear con otros individuos, en niños de 11 a 14 años. De esta edad en adelante, el primordial interés se dirige a los deportes, artesanías, juegos intelectuales (de mesa) y actividades artísticas.
Para el niño, al menos cuando es muy pequeño y la escuela no le ha metido aún en sus normas, el juego es siempre una actividad muy seria, que implica todos los recursos de su personalidad.
En este momento me detengo para hacer una recapitulación de lo que se ha venido expresando, para posteriormente poder entrelazar ideas de mayor contenido en el terreno de lo psicoanalítico sobre el juego.
Por medio del juego el niño aprende a controlar su angustia, a conocer su cuerpo, a representar el mundo exterior, más tarde, a actuar sobre él. El juego es un trabajo de construcción y de creación. Para convencernos de ello es suficiente observar un niño entregado a sus juguetes en pacientes construcciones, tan pronto construidas como vueltas a reconstruir, para terminar con frecuencia en formas sin equivalente en la realidad, como un producto de autenticidad creativa e imaginativa. El niño por sí mismo le adjudica al juego las capacidades, representación y comunicación del mundo exterior.
Lamentablemente, sí lamentablemente, a medida que el niño crece, aprende que hay un tiempo para el juego y un tiempo para el trabajo, condicionando el permiso de éste último, al primero. La necesidad de jugar se sustituye por el derecho de jugar, ese derecho que el adulto suele desconocer hasta que se cumplen las tareas asignadas. Con demasiada frecuencia se observa el papel determinante y preponderante que se le otorga a las actividades escolares y las obligaciones familiares en demérito de la actividad de juego.
Mientras que en un principio los juegos de los niños son casi espontáneos, gobernados solamente por las fantasías del niño, se llega a la edad de los juegos en equipo, de los juegos de sociedad, en los que las reglas son dadas o impuestas por adultos.
Más tarde vemos que el juguete comercial ocupa el sitio de la fantasía infantil y desplaza con él algunas cualidades de la imaginación e inventiva de la mente del niño; el juguete en su uso unívoco, reducido y limitado le ofrece al niño muy pocas experiencias para recrear el mundo.
El anterior planteamiento nos puede parecer, quizá, ingenuamente roussoniano, sin embargo, no tengo la intención de concluir que hay que suprimir los juguetes, lo que evidentemente sería bastante absurdo; únicamente deseo atraer su atención sobre ciertos aspectos de su utilización por el adulto y por el niño. Como en muchos dominios de su relación con el niño, este último muestra con frecuencia una actitud que podría calificar de “adultocéntrica”, ya que tiende a olvidar el carácter específico de la personalidad del niño y a considerarlo como un adulto reducido o “chiquito”, al que le ofrece en reducido, los mismos objetos que utiliza él; vale decir, de una forma muy general, que este adultocentrismo puede conducir a dos actitudes inversas que son: a) la sobrestimación de las capacidades reales del niño, elevándolo por su verdadero nivel creyendo que posee nociones que aún no han sido adquiridas; y b) la subestimación que llega a hacer que el adulto perciba al niño como incapaz o subdesarrollado, por debajo de su real nivel.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario